lunes, 22 de agosto de 2011

Biografias

Miguel de Cervantes
A diferencia de la de su contemporáneo Lope de Vega, quien conoció desde joven el éxito como comediógrafo, poeta y seductor, la vida de Cervantes fue una ininterrumpida serie de pequeños fracasos domésticos y profesionales, en la que no faltó ni el cautiverio, ni la injusta cárcel, ni la afrenta pública. No sólo no contaba con renta, sino que le costaba atraerse los favores de mecenas o protectores; a ello se sumó una particular mala fortuna que lo persiguió durante toda su vida. Sólo al final, tras el éxito de las dos partes del Quijote, conoció cierta tranquilidad y pudo gozar del reconocimiento hacia su obra, pero siempre agobiado por las penurias económicas.
Sexto de los siete hijos del matrimonio de Rodrigo de Cervantes Saavedra y Leonor de Cortinas, Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá (dinámica sede de la segunda universidad española, fundada en 1508 por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros) entre el 29 de septiembre (día de San Miguel) y el 9 de octubre de 1547, fecha en que fue bautizado en la parroquia de Santa María la Mayor. La familia de su padre conocía la prosperidad, pero su abuelo Juan, graduado en leyes por Salamanca y juez de la Santa Inquisición, abandonó el hogar y comenzó una errática y disipada vida, dejando a su mujer y al resto de sus hijos en la indigencia, por lo que el padre de Cervantes se vio obligado a ejercer su oficio de cirujano barbero, lo cual convirtió la infancia del niño en una incansable peregrinación por las más populosas ciudades castellanas. Por parte materna, Cervantes tenía un abuelo magistrado que llegó a ser efímero propietario de tierras en Castilla. Estos pocos datos acerca de las profesiones de los ascendientes de Cervantes fueron la base de la teoría de Américo Castro sobre el origen converso (judíos obligados a convertirse en cristianos tras 1495) de ambos progenitores del escritor.
El destino de Miguel parecía prefigurarse en parte en el de su padre quien, acosado por las deudas, abandonó Alcalá para buscar nuevos horizontes en el próspero Valladolid, pero sufrió siete meses de cárcel por impagos en 1552, y se asentó en Córdoba en 1553; dos años más tarde, en esa ciudad, Miguel ingresó en el flamante colegio de los jesuitas. Aunque no fuera persona de gran cultura, Rodrigo se preocupaba por la educación de sus hijos; el escritor fue un lector precocísimo y sus dos hermanas sabían leer, cosa muy poco usual en la época, aun en las clases altas. Por lo demás, la situación de la familia era precaria.
A los diecisiete años Miguel era un adolescente tímido y tartamudo, que asistía a clase al colegio de los jesuitas y se distraía como asiduo espectador de las representaciones del popular Lope de Rueda, como recordaría luego, en 1615, en el prólogo a la edición de sus propias comedias: «Me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y del entendimiento».
Unos meses antes de su muerte, Cervantes tuvo una recompensa moral por sus penurias e infortunios económicos: uno de los censores, el licenciado Marques Torres, le envió una recomendación en la que relataba una conversación mantenida en febrero de 1615 con notables caballeros del séquito del embajador francés ante la corte Mariela: «Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: "Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?". Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza: "Si necesidad le ha de obligar a escribir, plaga a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo"».
Así, entre el 22 y el 23 de abril de 1616 murió en su casa de Madrid, asistido por su esposa y una de sus sobrinas; envuelto en su hábito franciscano y con el rostro sin cubrir, fue enterrado en el convento de las trinitarias descalzas, en la entonces llamada calle de Cantarranas. Hoy se desconoce la localización exacta de su tumba.

José Milla y Vidaurre
José Milla y Vidaurre (4 de agosto de 1822- Ciudad de Guatemala, 30 de septiembre de 1882) fue un escritor guatemalteco del siglo XIX, considerado uno de los fundadores de la novela en la literatura de su país natal; en especial, él destacó en la narrativa histórica. También conocido como Pepe Milla, sus padres fueron: El General José Justo Milla Pineda Jefe de estado de Honduras en 1827 y la señora Mercedes Vidaurre Molina.
(Guatemala, 1822- id., 1882) Escritor guatemalteco. Autor de numerosas obras, entre las que destacan las novelas de carácter histórico (La hija del adelantado, 1866; El visitador, 1867; Los nazarenos, 1867), hasta el punto de que se le considera creador del género de la novela histórica centroamericana de evocación colonial. Su obra maestra es Memorias de un abogado (1867).
Socio correspondiente de la Real Academia Española; delegado en Guatemala del Congreso de Americanistas de Bruselas; miembro honorario de la Sociedad Literaria Internacional de París; miembro correspondiente de la Academia de Letras de Santiago de Chile; Asistente del Ateneo de León, Nicaragua, miembro de la Sociedad Económica de Amantes del País y de El Porvenir, cuando regresó luego de 3 años de ausencia. Falleció el 30 de septiembre de 1882, constituyéndose sus funerales en un masivo reconocimiento a sus méritos literarios.
Se ha vinculado a José Milla y Vidaurre con el municipio de Quesada, departamento de Jutiapa, Guatemala, porque vivió alli durante 8 años, lugar que le encantó cuando lo visitó por primera vez entre los años 1949 y 1950, en compañía de Rafael Carrera, siendo propietario de una hacienda en esa jurisdicción. "A mediados de la década de 1870, Don José Milla y Vidaurre, figura como propietario de la Hacienda, a la cual, regresó después de casi tres años de auto exilio, por diferentes países de Europa, en compañía imaginaria de Juan Chapín, a quien instruía y de quien se instruía, pues nunca dejó de ser un producto y un testimonio de la cultura nacional. En 1874, Don José Milla regresó a Quesada, pues era un lugar con una privacidad envidiable para poder escribir, en vista que éste seguía siendo su fuerte, y una fuente de ingresos, segura. " Antes de su fallecimiento don "Pepe Milla", como lo llamaban los habitantes de la hacienda de Quesada habian tratado con él la compraventa del Inmueble, pero debido al óbito las diligencias del contrato las realizó su esposa y demás herederos, interviniendo en gran parte para que esta fuera destinada única y exclusivamente a los colonos.

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